miércoles, 9 de junio de 2010

Espasmos

Eva se levantó enojada el día de su cumpleaños. Nadie, ni ella misma, sabía por qué se sentía tan mal esa mañana, pero incluso los pájaros no cantaron al amanecer y el cielo lucía nublado… Era un invierno muy frío, en el noticiario matutino de la radio reportaron ese jueves una temperatura de 3 grados centígrados. Los toldos y ventanas de los autos amanecieron con una capa de nieve, el pasto escarchado, y al menos dos personas habían fallecido en la colonia donde vivía Eva a causa de las bajas temperaturas… Sonó el teléfono en medio del silencio unas cuatro veces hasta que Eva levantó la bocina y dijo inexpresivamente “Hola”… Escuchó la voz apenas perceptible de un chico de 14 o 15 años, quien hizo un silencio después del saludo de Eva y enseguida soltó: “Todo lo que hoy tienes y vives, de un segundo a otro puede cambiar; la vida no es algo fijo ni eterno… Feliz cumpleaños”… dijo Alejandro “Gracias, pero ya es tarde para consideraciones de tu parte”. Ambos colgaron.

Eva ahora se sentía desconcertada por la llamada de Alejandro pero no podía dejar de sentirse molesta por no saber qué hacer y sentir en ese momento. Cumplir 15 años no era tan genial como había imaginado. Al poco rato, llovieron las felicitaciones, de la familia y de los amigos y amigas, pero no cambió el estado de ánimo de Eva. Ese día era tal vez el más agrio de su existencia, pero no quería resignarse a pasarla tan mal. Entonces, avisó a su madre que regresaría por la tarde a casa sin dar mayor explicación, tomó su chamarra y caminó por la acera aquel jueves nublado y frío.

Llegó a la primera esquina y dobló a la derecha, caminó de frente y en la otra esquina viró a la izquierda. Casi a media cuadra se detuvo en un zaguán azul y oprimió sin titubear el timbre con la expresión seria. De inmediato se asomó un chico por la ventana del primer piso de la casa del zaguán azul y desapareció por menos de 10 segundos de la vista de Eva para aparecerse frente a ella.”¿Qué pasa?”, dijo Alejandro. “Quiero proponerte algo”, soltó Eva firme…


Ambos tomaron un camión que los llevó a una estación de autobuses; ahí compraron un par de boletos y esperaron sentados en silencio. Quince minutos más tarde, abordaron un autobús con rumbo a una población cercana. Durante el viaje se miraron ocasionalmente pero no hubo charla. Descendieron del autobús y ambos volteaban de un lado a otro como para encontrar una calle o destino conocido. Eva tomó las riendas y caminó con Alejandro cinco o seis cuadras para tomar una calle por la derecha y caminar casi hasta una barda que cerraba la calle. En el número 325 había una puerta de metal en la que Eva introdujo una llave y abrió sin dudar.


Alejandro lucía incrédulo y desconcertado. Accedieron a un cuarto de 4 por 4 metros en el que había un sillón y un ropero de madera. Eva se plantó frente a Alejandro y le pidió que la besara. Él se quedó inmóvil por un instante y después le puso la mano en la mejilla, cerró los ojos y la besó. Entonces Eva entrecruzó su mano derecha con la izquierda de él y continuaron besándose, como si nunca antes lo hubieran hecho. Luego se abrazaron y Eva derramó una lágrima y sollozó. Él la abrazó más fuerte y volvieron a besarse. Lo que siguió fue como encontrar un nuevo camino para ambos: se reconocieron de nuevo… Eva, durante unos minutos, encontró la brújula del amor.

1 comentario:

  1. Padre leerlo, pero, Nitilla, la puntuación me confunde... Cuando puedas escríbeme para tratar el tema. Abrazos.

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